miércoles, 9 de noviembre de 2011

UN MUNDO FELIZ: el espejo de nuestra sociedad

“Un Mundo Feliz” es uno más de los pilares que consolidan a Inglaterra como el principal bastión de las novelas distópicas.

En ella se describe un mundo futurista, sumido en una felicidad artificial, regida pedagógicamente por la hipnopedia e impuesta de manera innata en pleno proceso embrionario, el cual intenta parodiar el proceso de producción en masa que implantó Henry Ford, a quien han colocado en reemplazo de cualquiera de los dioses de la actualidad. El mundo que se describe en la obra es totalmente inverso al que vivimos en la actualidad, pues la moral se da vuelta, plantándose frente al lector como el espejo en el que se reflejan las propias ambiciones de los hombres de hoy en día.

Una sociedad hedonista, donde el uso de una droga perfecta es totalmente aceptado, y estrictamente jerarquizada por castas predeterminadas, en la que el individualismo es un pecado, al igual que la monogamia y la pronunciación de los términos Padre o Madre, proscritos de la sociedad moderna pues provienen de la era prefordista, donde imperaba el salvajismo, caracterizado por las artes, la ciencia, las religiones y la libertad individual.

Uno de los personajes principales es Lenina Crowne, cuyo nombre trata de parodiar a Lenin, una muchacha totalmente integrada a la sociedad que comete el error de sentirse atraída por Bernard Marx, parodiando a Karl Marx, un muchacho de las castas más altas pero, sin embargo, despreciado por el simple hecho de negarse a llevar el tipo de vida promiscuo y hedonista que resulta totalmente ético en dicha sociedad. La incursión de un personaje al que apodan el Salvaje, aunque su verdadero nombre sea John, proveniente de un país aislado de dicha sociedad, llamado Malpaís, en donde la moral se rige por los mismos reglamentos de la del siglo XX (cristianismo, obras de arte, monogamia, etc) demuestran lo incongruentes que resultan estos mundos.

Una novela que en lo particular me hizo interrogarme mucho acerca de hasta dónde puede llegar la condición humana (regida por una moral no siempre aceptada) a ocultar sus propios deseos, su sed de placer simplemente por no salir de los parámetros aceptados por el entorno. Un mundo que resulta ser el espejo sobre el cual se refleja nuestra ética interna, aquella que muchas veces nos vemos obligados a ocultar, ya sea por la fuerza o por simple hipocresía. 

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